El silencio de Dios como denuncia y esperanza

En la publicación anterior, mostré cómo "El silencio de Dios como denuncia" fue el tema (o la reacción central) de mis compañeras y compañeros al escuchar mi ponencia sobre el trabajo de Jueces 19. Aquí desarrollo de una forma un poco más detallada las reflexiones que surgieron de ese diálogo.


Recientemente, así lucen mis apuntes
Jueces 19 narra una historia trágica que ocurre durante un período de caos moral en Israel, cuando "no había rey en Israel" y "cada uno hacía lo que bien le parecía" (Jueces 21:25). La historia se centra en un levita que viaja con su concubina para llevarla de regreso a su hogar después de que ella lo había dejado. Durante su viaje, se hospedan en la ciudad de Gabaa, en el territorio de Benjamín. Allí, son acogidos por un anciano que les ofrece refugio. Sin embargo, hombres de la ciudad rodean la casa y demandan abusar sexualmente del levita. En lugar de entregarles al hombre, el anciano y el levita les ofrecen a la concubina y a la hija del anciano.

Los hombres violan brutalmente a la concubina durante toda la noche, y al amanecer, ella queda abandonada a las puertas de la casa. Al día siguiente, el levita la encuentra muerta o moribunda y, en un acto perturbador, corta su cuerpo en doce partes y las envía a las tribus de Israel para denunciar la atrocidad cometida en Gabaa. Este evento provoca una guerra civil entre las tribus de Israel y la tribu de Benjamín, en la cual la violencia continúa y se derrama aún más sangre.

En un estudio inductivo que realicé, hago una reflexión sobre la vida y muerte de la concubina de esta historia y en comparación con otros pasajes de las Escrituras, invito a interpretar la aparente ausencia de Dios en este relato como un silencio de solidaridad con la víctima. Ella no estuvo sola. Dios estuvo con ella. Esta interpretación de uno de los pasajes más crueles encontrados en la Biblia ha causado diversas reacciones. Y realmente, estoy muy abierta a seguir aprendiendo y meditando en el significado de esta historia.

"¿Por qué Dios dejó sola a la concubina?", "¿dónde estaba Dios mientras ella era abusada?"...

...son preguntas que me han hecho y algunas de las que surgieron en el simposio. Realmente yo también me pregunto eso constantemente, y aunque declaro no tener la respuesta al cien por ciento, comparto lo siguiente como parte de mis reflexiones personales que me hacen decir con confianza que Dios estuvo con la concubina acompanñándola en silencio, sufriendo con ella, así como está con las mujeres que han sido víctimas de violencia de género y feminicidio.

Recordemos que el silencio de Dios en Jueces 19 es impactante porque, a diferencia de otros pasajes bíblicos en los que Dios interviene para proteger o castigar, aquí no hay mención de intervención divina. Este silencio nos enseña varios puntos clave:

  1. La deshumanización del pueblo de Israel: La ausencia de intervención divina en el relato subraya el nivel de descomposición moral y social en Israel durante ese tiempo. Dios no aparece para salvar a la concubina, lo que lleva a los lectores a enfrentarse directamente con la realidad de la violencia humana sin milagros que desvíen la atención de la brutalidad cometida. La violencia que sufre la concubina refleja hasta qué punto la sociedad ha caído en el caos y la depravación.
  2. Lo que pasa cuando la humanidad se desvía de su propósito divino: El relato muestra lo que ocurre cuando los seres humanos se desvían de los caminos de la justicia y la compasión, y permite que el lector se enfrente a la devastadora realidad de la violencia contra los vulnerables, especialmente las mujeres. La falta de intervención divina sirve para denunciar el mal que los humanos son capaces de hacer cuando ignoran la ley y la justicia de Dios.
  3. La responsabilidad humana (nosotros somos responsables del mal): En lugar de intervenir directamente, Dios deja que los humanos enfrenten las consecuencias de sus acciones. La violencia desatada en Gabaa culmina en una guerra civil entre las tribus de Israel, lo que subraya que los actos de injusticia y violencia siempre tienen consecuencias. La narrativa hace que los humanos sean responsables de sus propios actos y de las consecuencias que derivan de ellos.

La relevancia del silencio de Dios en Jueces 19 no radica en que legitime la violencia, sino en que permite que el horror del mal humano sea plenamente visible. Es un relato que deja una sensación de profunda injusticia. Para reafirmar esto, hagamos una comparación con el caso del Señor Jesús y su muerte en la cruz.

La muerte de Jesús en la cruz fue marcada por un profundo sufrimiento físico y espiritual. Tras ser brutalmente flagelado, coronado de espinas y golpeado, Jesús fue obligado a cargar su cruz, donde fue clavado en ella. La crucifixión, un método extremadamente doloroso, prolongaba el sufrimiento antes de la muerte, mientras que Jesús soportaba el dolor y la humillación pública. 

Durante su agonía, Jesús expresó un sentido de abandono divino al clamar: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mateo 27:46). Este grito refleja su sufrimiento no solo físico, sino también espiritual, ya que experimentó la separación de Dios Padre en el momento en que llevaba los pecados de la humanidad. Aunque su sacrificio estaba destinado a redimir a la humanidad, en su dolor, Jesús sintió el peso del abandono divino, intensificando su angustia en el acto de entregar su vida.

En Jueces 19, el silencio permite que el horror de la violencia se haga más evidente, como si dejara a la humanidad enfrentarse con las terribles consecuencias de sus actos. En la crucifixión de Jesús, el silencio de Dios refleja el costo extremo del pecado humano, ya que el sufrimiento y la muerte de Jesús se presentan como una forma de redención que nace de esa misma violencia y pecado. Ambos eventos nos muestran cuán lejos puede llegar la humanidad en su alejamiento de Dios..

Sin embargo, mientras que en Jueces 19 el relato termina con una tragedia y un llamado implícito a la reflexión moral, el silencio de Dios en la crucifixión de Jesús es seguido por la resurrección, que ofrece una esperanza de redención y restauración. Esta esperanza brilla incluso después del aparente silencio de Dios ante el mal y la violencia. Mientras el silencio en Jueces 19 nos deja con una sensación de urgencia moral, el silencio en la cruz finalmente nos lleva a la esperanza de que el mal no tendrá la última palabra.

El silencio de Dios, en ambos casos, abre espacio para que las personas confronten su propia responsabilidad ante el sufrimiento y la injusticia, y cómo también invita a una reflexión más profunda sobre la necesidad de transformación y redención.

Pero... ¿Cómo puede "el silencio de Dios" ser sanador y esperanzador para una mujer víctima de violencia?

Entender el silencio de Dios como una denuncia puede ser profundamente sanador para una víctima de violencia, porque este enfoque ofrece una interpretación en la que Dios no es indiferente al sufrimiento, sino que, a través de ese silencio, está revelando la gravedad del mal cometido. Este silencio no es aprobación ni pasividad, sino una forma de permitir que el mal se vea tal como es, exponiendo la injusticia en toda su magnitud.

Para tí que has sufrido, esta perspectiva puede proporcionar consuelo al saber que tu dolor no pasa desapercibido ante Dios. En lugar de sentir que tu sufrimiento fue ignorado o justificado, puedes entender que Dios está reconociendo la injusticia y el daño a través de ese silencio. 

Esta visión también refuerza la dignidad de la víctima, ayudándole a comprender que su sufrimiento no es inútil ni sin sentido, y que Dios, aunque no haya intervenido en ese momento, está del lado de la justicia y el consuelo, denunciando el mal para que este pueda ser reconocido, condenado y redimido.


Foto: Areli Cortez

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Para quienes han sufrido, esta visión puede proporcionar consuelo al reconocer que su dolor es visto por Dios y que la justicia, aunque a veces silenciosa, no queda sin respuesta. Dios acompaña a las víctimas, denunciando el mal y ofreciendo la promesa de redención.

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